España: Se importan cuidados y cariños

Tras dejar sus países de origen, muchas mujeres centroamericanas en España ejercen labores de hogar y cuidados para ganarse la vida. La falta de regulaciones, la precariedad de los trabajos, la monetización de los afectos y la lucha para cuidar de los suyos con un océano de distancia son algunos de los retos a los que se enfrentan.

Andrea Burgos y Lya Cuéllar

21 de marzo de 2023

Antonia sabía lo que le esperaba en Madrid cuando partió de El Salvador en 2016. Una amiga que había migrado dos años antes se lo dijo claro: en España hay trabajo, pero de limpiar casas, cuidar niños y atender a personas mayores. Le advirtió que se toparía con gente que las tratan bien y otros que no —como su primera jefa, que la hizo pasar hambre —.

A las dos semanas de llegar a España, su amiga le ayudó a colocarse en un empleo para limpiar una casa y cuidar a tres niños. Iba a ser un trabajo temporal, cubriendo a otra chica que estaba de baja por enfermedad. Tomó ese trabajo, en parte, porque quería empezar a mandar dinero para pagar la universidad de sus tres hijas y, en parte, para ocuparse el día entero y no sumirse en la tristeza de haberlas dejado.

Cuenta que la madre de la familia dudó en contratarla por su nacionalidad porque desconfiaba de las salvadoreñas. «Yo voy a ir a trabajar con usted y le voy a demostrar cómo trabajamos las salvadoreñas», le dijo. Al día siguiente la contrataron.



Antonia da un paseo cerca de su casa en su día libre. En los meses de alza de la pandemia no salió de este barrio de migrantes en Madrid.

Antonia, o niña Toñita, como es conocida en su San Isidro natal, al noreste de la capital salvadoreña, enumera los logros de su vida con una vivacidad que sorprende. Está orgullosa de ser como es: de su temple como mujer feminista, de su diligencia en su trabajo y de su cuerpo fuerte. «Yo venía más gordita que ahora, ¿eh? Gordita, hermosa», recuerda sobre su llegada a España. A ella le gustaba su apariencia, se sentía bonita. Pero su nueva jefa la puso a dieta. De desayuno, una tostada y un café; de almuerzo, dos cucharadas de lentejas; de cena, una tostada más. «A mí hasta me temblaba el cuerpo», cuenta. «Estaba acostumbrada a comer como nosotros: frijolitos, huevitos. Pero acá, estando así y trabajando como mula… Me temblaba el cuerpo».

¿Sus empleadores? Contentos con su trabajo. Tanto que le propusieron quedarse, que despedirían a la colega que estaba de baja. Pero ella en cambio, renunció. El padre de la familia protestó y le pidió que se quedara. «No es por el trabajo, no es por el niño; es porque me estoy muriendo de hambre» les dijo Antonia determinada.

Su empleo no le permitía decidir sobre sus propias comidas por ser «de interna». Esto suele implicar que las trabajadoras trabajan, duermen y viven en las casas de sus empleadores. El descanso suele reservarse para el fin de semana: para estas mujeres, esto puede significar desde salir todo el sábado y el domingo, hasta solo tener un par de horas para dar un paseo.


El trabajo de interna es un turno permanente

Por ley, una persona solo puede trabajar cuarenta horas semanales si está empleada a tiempo completo. Pero los empleadores pueden pactar legalmente que las trabajadoras estén presentes otras 20 horas adicionales a la semana. Durante estas horas extra, la cuidadora se queda por si la necesitan, nada más. En otras palabras, el máximo de horas que una trabajadora debe permanecer en el hogar que la emplea es de 60 horas semanales. Pero en la realidad ─contando todas las noches de lunes a viernes o sábado─ una interna permanece entre 120 a 144 horas en la residencia donde trabaja.

Por supuesto, este tiempo adicional no se remunera. Según Alberto Guerrero, sindicalista y asesor laboral del Servicio Jesuita Migrante «más del 50% de los casos las personas empleadoras [del hogar] incumplen la ley actual, aunque es muy discriminatoria e indigna. Y en los casos de las internas en más del 99% incumplen la ley actual».

Señala también que el salario mínimo que debería recibir una interna que trabaje 60 horas semanales es de 1708 euros, al sumar el Salario Mínimo Interprofesional (SMI) y las horas extras de permanencia. Las migrantes que cuentan con papeles que les permiten exigir un contrato de trabajo y dispuestas a ejercer como internas ─muchas recién llegadas en condición de asilo o en vías de obtenerlo─ suelen firmar contratos de hasta 40 horas, aunque en la práctica sean muchas más. Una inmigrante sin papeles que trabaje sin que sus empleadores reporten a la Seguridad Social puede ganar incluso menos que eso, unos 700 u 800 euros por la misma cantidad de horas.

Carolina Elías, migrante salvadoreña y presidenta del Servicio Doméstico Activo (Sedoac), afirma que desde su organización demandan que se elimine el trabajo de interna. Sostiene que «es el único trabajo en el que claramente te dicen que te puedes quedar a dormir donde trabajas y eso te obliga a estar disponible 24 horas para la familia. Y además, cobrando el salario mínimo, que es peor».


Carolina sonríe frente al Centro de Empoderamiento de Trabajadoras de Hogar y Cuidados (CETHYC), un espacio de atención integral para las trabajadoras de Hogar y Cuidados.

Pero trabajar como interna ofrece ciertas ventajas a las mujeres migrantes, en especial a las recién llegadas que buscan ahorrar y enviar la mayor cantidad de dinero posible a sus familiares. Marina es hondureña, originaria de Colomoncagua, en la frontera con El Salvador. Cuando emigró a España en 2007, dejó a sus tres hijos allá y no pudo traerlos a España sino hasta una década más tarde. Mes con mes, enviaba todo el dinero que podía a su madre en Honduras, quien se encargó de cuidar a sus hijos en esos años.

Los primeros empleos de Marina fueron como interna, saliendo únicamente los domingos de la casa donde trabajaba. Ella sostiene que asumir este modo de trabajo le convenía en aquel momento. Entre otras ventajas, le permitió ahorrar, saldar sus deudas y mantener a su familia en Honduras. «Yo me quedaba con 100 euros para recargar el teléfono, para salir el día que tenía libre a comer alguna cosita, tomar un café», cuenta. «El resto lo mandaba para allá».

Añade que para las trabajadoras en situación migratoria irregular, vivir en su lugar de trabajo puede ser una estrategia de protección: «Si sales a la calle, te coge la Policía y te da una carta de expulsión», explica. Cuando Marina todavía no se había regularizado, la detuvieron en el metro para pedirle sus papeles. Afortunadamente, y con apoyo de un abogado, consiguió librarse de una multa de 600 euros y de la expulsión del país. No volvió a tomar el metro para ir a su trabajo hasta que consiguió sus papeles.

«Mamá, ¿ya tiene canas?»



«La gente que viene ahora llega a la gloria. Pero en aquel entonces no había ni Whatsapp ni Facebook», recuerda Marina, migrante hondureña y trabajadora del hogar. Tampoco había smartphones cuando llegó, hace más de 15 años. Para comunicarse con su familia, Marina debía recurrir a los locutorios: locales que ofrecen servicios de llamadas internacionales, envío de remesas y computadoras para navegar en internet.

Como trabajaba de interna, solo podía enviar dinero y llamarles desde el locutorio los domingos. Los domingos en los que conseguía enlazar la llamada. Como su familia vivía en una zona rural en Colomoncagua, los apagones eran comunes: «Cuando allá no había señal o luz, perdías ese domingo y pasaban ocho días sin saber de la familia».

Su hija menor pasaba los domingos pegada al teléfono, esperando que llamara su madre. Cuando ella se fue, la niña tenía apenas dos años de edad. Después de un par de años, la pequeña ya no recordaba cómo lucía su madre: «Me preguntaba si yo ya tenía canas, me decía: ‘Mamá, ¿usted ya está viejita?’ Para ella eran un montón de años. No se acordaba». Ella misma pasó dos años sin ver los rostros de sus hijos, hasta que en 2009, una cuñada que vivía en Estados Unidos los visitó en Honduras, les tomó fotos y se las mandó.

Así como Marina, muchas mujeres migrantes dejan a sus familias en sus países de origen, les envían remesas y forman redes de migración.

Mientras sus tres hijos eran criados por su abuela en Colomoncagua, Marina debía criar a tres hijos ajenos en Madrid. Desde hace once años trabaja para la misma familia como externa y sostiene que ha sido ella en buena medida quien ha cuidado, educado y criado a los tres niños de la familia: «¿Quién les prepara los purés? ¿Quién le prepara la papilla? ¿Quién le enseña a usar el servicio? Pues, es una».

«Alguna gente pide la abolición del trabajo de interna. Pero yo no. Quiero que se regularice, que se impongan normas», apunta. Eso sí: aunque Marina reconoce ciertas ventajas en el trabajo de interna, admite que no volvería a hacerlo. El esfuerzo físico de cuidar a personas mayores o niños, combinado con el cansancio mental que implica convivir todo el tiempo con los empleadores, la drenaba demasiado.


«Tu cariño te lo están comprando»

Alicia tiene 70 años, es salvadoreña y trabajadora del hogar y de cuidados desde que llegó a España hace quince años. Como Marina y Antonia, inició asumiendo trabajos de interna, pero desde 2016 ha decidido no volver a aceptar trabajos bajo esa modalidad. «El trabajo de interna es esclavizante», dice, tajante.

No fueron solo las condiciones laborales las que la hicieron cortar con el trabajo de interna, sino también el peso emocional que conlleva: «No solamente te pagan por el trabajo físico, sino que también te compran emocionalmente. ¿Qué te dicen? ‘Ay, vos me gustás porque sos cariñosa’. Tu cariño te lo están comprando». Alicia aprendió por las malas que no debe encariñarse con sus empleadores, porque el afecto no solía ser recíproco.

Mientras trabajaba de interna con una familia alemana, desarrolló un problema cardíaco que la obligaba a ir a un centro de salud todos los lunes. La cita médica era temprano y le demandaba tener que reponer luego la hora de trabajo perdida. A sus jefes no les pareció. Ni el cambio de horario ni que se estuviera volviendo más lenta en su trabajo debido a su enfermedad. La despidieron. Lo que más le dolió fue dejar a la abuela y al niño menor de la familia, a quien había cuidado desde que era un recién nacido, y tenía ya tres años. No olvida que el pequeño rompió en llanto cuando se lo quitaron de los brazos al despedirla.

Tras esa experiencia, decidió poner una barrera entre ella y las familias para las que trabaja. «Vos le preguntás a una empleadora y te va a decir que quiere mucho a su empleada. Si ya tenés dos o tres años de trabajar con ella, sos ‘como de la familia’. Pero es mentira, porque a la hora de echarte no te tienen lástima», concluye.



Alicia es una trabajadora del hogar con vocación sindicalista. Fue guerrillera en los años ochenta en el conflicto armado salvadoreño.



Heidi, guatemalteca y de 37 años, lleva seis años haciendo trabajo remunerado del hogar en Madrid. Y opina lo contrario: disfruta más de su trabajo cuando siente cercanía con sus empleadores. «Los trato como si fueran mi familia. A los abuelitos les cantaba, me ponía a bailar con ellos, juego con los niños». La llena de satisfacción sentir que las familias la quieren.

A Heidi le tomó más de un año encontrar un trabajo y, hasta ahora, la mayoría de sus empleos han sido de jornadas cortas, salarios muy bajos y sin contratos. Conseguía trabajos por aquí y por allá: por temporadas limpió casas y restaurantes, cuidó a adultos mayores. Por un tiempo, en 2018, trabajó limpiando las escaleras y áreas comunes de edificios de apartamentos. Debía limpiar 12 edificios de entre 5 y 10 pisos en tan solo 6 horas; un promedio de un edificio entero en menos de media hora, todos los días, por 350 euros al mes. Terminaba al mediodía y, por la tarde, limpiaba casas. Estas jornadas le provocaban dolores de espalda que no la dejaban dormir.

Durante el confinamiento por la pandemia en 2020, siguió trabajando, pero limpiaba menos edificios porque los inquilinos no podían pagar la cuota. Tampoco pudo limpiar casas particulares por varios meses. Como esos trabajos eran informales, los empleadores no estaban obligados a pagarle nada. Además, su esposo tampoco podía trabajar y las ayudas estatales que le tocaban se tardaron en llegar. El primer mes de confinamiento, ella, su pareja y sus dos hijos, lo sortearon con apenas 150 euros (aproximadamente $160) para vivir.

En 2021 por fin encontró un trabajo bien remunerado, el mejor que ha tenido hasta ahora, dice. Debía recoger a tres niños del colegio, llevarlos a casa y pasar las tardes con ellos. Por media jornada diaria ganaba 600 euros mensuales. Pero Heidi decidió sacrificar ese ingreso y renunciar porque ese horario le impedía cuidar a sus propios hijos y había tenido que pagar a alguien más para que los recogiera del colegio: «¿Quién me los cuida a ellos? No tiene lógica trabajar yo de cuidar y pagar para que alguien cuide a mis hijos».

Heidi y su hija dentro de su apartamento en Madrid. Tras realizar labores de limpieza y cuidado de niños durante el día, Heidi llega a casa a cuidar y a cocinar para su familia.

El valor de los cuidados

En España, como en muchos países con grandes economías, las y los trabajadores tienen derecho a múltiples prestaciones, incluida la del desempleo. Las trabajadoras del hogar se encuentran bajo un Régimen Especial de la Seguridad Social por lo que no tienen derecho al paro como sí lo tienen la mayoría de sus empleadores como trabajadores dentro del Régimen General.

Estos empleadores, jefes dentro de sus hogares, tienen derecho a despedir a sus empleadas en cualquier momento sin ninguna justificación más que la «pérdida de confianza». Por debajo de la mesa, pueden negociar jornadas más largas de las que pagan a la Seguridad Social, demandar más servicios por el mismo salario o exponerlas a accidentes y maltratos.

Según la presidenta de Sedoac, todo esto es posible porque el reglamento actual prioriza «el principio de inviolabilidad del hogar familiar, lo cual significa que si el jefe dueño de la casa no quiere dejar entrar al inspector (de trabajo), este no puede entrar». En otras palabras, menos inspecciones laborales, menos sanciones y menos cumplimiento de la ya de por sí injusta ley que regula el empleo del hogar.

Las condiciones laborales para quienes ejercen este trabajo son, en general, malas. Pero las distintas situaciones en las que se encuentran —¿Con contrato o sin contrato? ¿Con papeles o sin papeles? ¿Interna o externa?— las exponen a más o menos precariedad. Por ejemplo, para una trabajadora migrante sin papeles, denunciar a sus patrones por ilegalidades podría poner en riesgo su trabajo e ingresos; lo que a su vez estancaría su regularización migratoria, frenaría sus remesas y, si está interna, podría perder comida y alojamiento.

Collage | Carteles de empleo en el sector de hogar y cuidados colgados en las calles de Madrid, Barcelona y Valencia. Las tres son ciudades con alta presencia de personas migrantes.

Heidi no estuvo sin papeles por mucho tiempo: regularizó su situación migratoria relativamente rápido, tras apenas año y medio. Pero ahora ve esa distinción con cierto escepticismo porque, pese a que ya obtuvo la nacionalidad española, su situación de empleo sigue siendo precaria y solo consigue empleo informal. «Nos afanamos con eso de los papeles, pensando que tal vez al tenerlos vamos a tener mejores oportunidades de trabajo», dice. «Pero es casi igual tener y no tener, porque igual [los empleadores] no te quieren dar de alta (dar un contrato con prestaciones), estás en el aire siempre». A diferencia de ella, a las otras tres trabajadoras, Antonia, Marina y Alicia, les costó más alcanzar la estabilidad migratoria. El proceso de regularización de estas otras centroamericanas dependía mucho más de tener contratos. Eso sí, ellas se han organizado en un sindicato. El Sindicato de Trabajadoras del Hogar y los Cuidados (Sintrahocu) el primero del rubro en España. Allí, estas mujeres han encontrado una forma de acompañarse y defenderse juntas. Marina, cofundadora de la organización, plantea, como Heidi, que las malas condiciones laborales para las trabajadoras del hogar no se resuelven únicamente a partir de la regularización de las trabajadoras migrantes, ni de los cambios en la legislación. «Podríamos tener todos los derechos, todos», enfatiza. «Pero si nadie valora los cuidados, nuestro trabajo siempre seguirá siendo precarizado».

Alicia es también cofundadora y lideresa de Sintrahocu. Sostiene que tanto el trabajo sindical como el trabajo del hogar y cuidados le han abierto los ojos: «Agradezco haber vivido esta experiencia de trabajar en el sector del hogar, porque solamente viviéndolo una se da cuenta lo que es ser empleada».

El primer trabajo de Alicia fue cuidar a una señora de noventa y tantos años con Alzheimer. Laboraba como externa, es decir, tenía permiso de ir a dormir a su casa. Entraba a las nueve de la mañana y salía a las ocho de la noche. «La levantaba, la bañaba, la vestía, le hacía su desayuno, su almuerzo, la sacaba a dar un paseo, le daba su meriendita y su cena y por último la dejaba acostada. Ya después me iba para mi casa», cuenta. Recuerda con cierta añoranza ese primer trabajo en el que solo se dedicaba al trabajo de cuidados. Cuenta que cuando ella llegó en 2006 los contratos eran para cuidar o para limpiar, no las dos cosas. Pero ahora, además del cuidado, a la mayoría de trabajadoras del hogar les toca barrer, fregar pisos, lavar baños y un indefinido etcétera por la misma paga.

Acostumbrarse a este trabajo fue duro para ella porque era muy distinto a la vida que conocía en El Salvador. «Me metía al baño a llorar y decía: ‘estoy pagando todas las que hice allá», recuerda. En El Salvador, Alicia tenía una tapicería en una colonia de clase media en la capital. Recuerda con cierto remordimiento haber empleado a trabajadoras remuneradas del hogar para hacer tareas de limpieza y cuidados tanto en su casa como en su negocio. Llegó a tener a cuatro mujeres trabajando para ella. «Yo prefería a las que vivían en el campo porque son las que van cada 15 días a sus casas», recuerda.

En aquel entonces, no era consciente de que estaba vulnerando sus derechos. Ahora se arrepiente y dedica todo su tiempo fuera del trabajo a enmendar esta situación en España. Como secretaria general de Sintrahocu, lucha para garantizar los derechos de otras mujeres como ella —y como las mujeres que alguna vez contrató en su país de origen—.

Este reportaje fue realizado con el apoyo de la International Women’s Media Foundation (IWMF) como parte de su iniciativa de ¡Exprésate! en América Latina.
Reportajes Lya Cuéllar y Andrea Burgos
Diseño Andrea Burgos
Video Andrea Burgos
Edición Cecibel Romero y Suchit Chávez
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