La nueva inmigración en España tiene rostro de centroamericana

A España llegan cada vez más centroamericanos y —especialmente— centroamericanas. Los muros y los riesgos de la travesía hacia Estados Unidos han empujado a muchas mujeres a probar suerte en el país europeo. Aunque el viaje implique menos peligros, el arraigo también suele ir de la mano con trabajos precarios.

Andrea Burgos y Lya Cuéllar

21 de marzo de 2023

Ana abordó su avión a las 7:40 de la noche. Aterrizó en Madrid 12 horas después, en una tarde de octubre de 2021. Llevaba su pasaporte salvadoreño, una reserva de hotel, un vuelo de retorno y pocas maletas: el paquete completo que debía certificarla como turista. Pero los agentes de Migración la separaron del resto de pasajeros y la llevaron a un cuarto con otras personas, latinas todas. «Me quitaron el pasaporte. Me tuvieron ahí por horas y no me decían por qué», recuerda. Le mostraron foto tras foto de distintas mujeres que, insistían, debían ser sus hermanas, pero ninguna de ellas era su pariente.

Aunque no es la primera de su familia en emigrar —cuatro de sus hermanos residen desde hace años en Estados Unidos—, sí es la primera que elige cruzar el Atlántico en lugar de irse a Norteamérica.

Cuenta que jamás se le había ocurrido irse a España. Migrar sí, pero no a Europa. Cuando su hijo de ahora 18 años era más joven, ella quería sacarlo del país. En los barrios populares de El Salvador, las pandillas han controlado el día a día de sus habitantes por años, y las madres de hijos adolescentes, como Ana, temen que los pandilleros les recluten. Por eso ella planeaba llevárselo a Estados Unidos cuando sus hermanos se establecieran bien allá.

Pero en 2018, Ana se enamoró de José. Y, en ese mismo año, José tuvo que huir del país justamente por amenazas de las pandillas. Pese a la separación, decidieron iniciar una relación con la promesa de vivir juntos en Europa cuando él juntara suficiente dinero.

Tres años después, José fue a buscarla al aeropuerto de Barajas. La esperó preocupado por horas, sin saber dónde estaba, o si había logrado tomar el vuelo desde San Salvador. Después de un largo interrogatorio, Ana pudo convencer a los agentes de que no conocía a esas mujeres de las fotografías y le permitieron salir. Reunidos al fin, se fueron a Valencia, donde residen ahora.

Allí, Ana empezó a cuidar a una señora muy mayor con Alzheimer tres días a la semana, por sesenta euros al día. Su jornada iniciaba los viernes a las 7 de la noche y terminaba los lunes a la misma hora, cuando la relevaba una compañera hondureña, la misma que le consiguió ese empleo.

En 2022, Ana recibió la noticia de que su hijo fue detenido y encarcelado. El presidente salvadoreño, Nayib Bukele, instauró en marzo de ese año un régimen de excepción como media de combate contra las pandillas. Como resultado, en casi un año, el Gobierno ha capturado a más de 60 mil de personas, entre ellas 1.600 menores de edad, sin garantías a sus derechos fundamentales. Hasta el cierre de esta nota el hijo de Ana sigue privado de libertad.

España tiene una ventaja fundamental sobre Estados Unidos como destino migratorio para quienes huyen de Centroamérica: las personas centroamericanas no necesitan una visa para ingresar a la Unión Europea. Es decir que, para entrar a países como España, solo es necesario demostrar la intención de hacer turismo, como lo hizo Ana: tener un boleto de retorno, una reserva de hotel y suficiente dinero para costearse el viaje.

Para migrar hacia Estados Unidos es casi imprescindible buscar los servicios de un «coyote» o «pollero», un traficante de personas que hace de guía y negocia protección. Según datos del Instituto Nacional de Migración de México (INM), la escolta de un coyote puede costar hasta 13 mil dólares. A la par de esta cifra, el costo de viajar a España parece insignificante: los boletos de avión desde San Salvador, San Pedro Sula o Ciudad de Guatemala oscilan entre los $700 en temporada baja y hasta $1700 en temporada alta.

Además, en las últimas décadas México ha implementado y endurecido sus políticas de seguridad fronteriza para frenar la migración hacia EEUU. La clandestinidad del viaje no solo lo vuelve más caro, sino también más peligroso. Al verse obligados a esconderse de la vía pública para no ser deportados, los migrantes suelen exponerse a ser víctimas de cárteles y bandas de secuestradores. Según la Organización Internacional de la Migración, 4354 personas han desaparecido o muerto a lo largo de la región fronteriza entra México y Estados Unidos desde 2014.

Migrar en cadenita

Heidi es guatemalteca. Al igual que Ana, también tenía parientes en Estados Unidos, unos tíos. Cuando el papá de sus hijos perdió su trabajo en 2009, ellos le propusieron que se fuera a trabajar allá. Para poder costearse el viaje, pidió dinero prestado a su papá, pero él se negó rotundamente. «En ese momento se escuchaba mucho sobre los secuestros de centroamericanos ahí en la frontera de México», explica Heidi. Ahora ella admite que habría sido demasiado arriesgado, especialmente con su hijo de apenas un año. Decidió quedarse en Guatemala y no pensó más en migrar hasta que su cuñada se fue a vivir a Madrid. Luego su sobrina. Después su suegra. «Como una cadenita», dice. En 2013, su cuñada la invitó a irse a España y le ofreció ayudarla a encontrar trabajo. En ese momento, Heidi no estaba lista para irse ni para dejar a sus papás. Pero la situación en Guatemala para ella, su pareja y sus ahora dos hijos no mejoraba. El dinero no les alcanzaba. «No compraba leche porque era muy cara», recuerda. Donde vivían, además, la educación pública era muy deficiente, y pagar por educación privada estaba fuera de su alcance, así que temían no poder dar a sus hijos un buen futuro. Tomaron la decisión de emigrar. Su pareja partió primero para trabajar y pagar el viaje del resto. Su hermana le consiguió un trabajo limpiando y cuidando un chalet con piscina de un dueño adinerado de la televisión española. Trabajó y vivió en esa casa por un año, el tiempo que le tomó ahorrar para los vuelos de su familia.

Decidió quedarse en Guatemala y no pensó más en migrar hasta que su cuñada, la hermana de su pareja, se fue a vivir a Madrid. Luego su sobrina. Luego su suegra. «Como una cadenita», dice. En 2013, su cuñada la invitó a irse a España y le ofreció ayudarla a encontrar trabajo. Heidi no estaba lista para irse, ni para dejar a sus papás.

Pero la situación en Guatemala para ella, su pareja y sus ahora dos hijos no mejoraba. El dinero no alcanzaba, «no compraba leche porque era muy cara», recuerda. Donde vivían, además, la educación pública era muy deficiente, y pagar por educación privada estaba fuera de su alcance, así que temían no poder darles un mejor futuro a sus hijos. Tomaron la decisión de emigrar.

Su pareja decidió partir primero para trabajar y pagar el viaje del resto. Su hermana le consiguió un trabajo de limpiar y cuidar un chalet, una casa con piscina de un dueño acomodado que trabajaba en la televisión. Trabajó y vivió en esa casa por un año, el tiempo que le tomó ahorrar para los vuelos de su familia.

Heidi, su pareja, su hijo e hija viven en un pequeño apartamento en Madrid. Con el trabajo de ambos cubren los gastos de los cuatro, incluidos los 400 euros de renta.

Heidi tiene 40 años, pero aparenta menos edad. Es originaria de Amatitlán, al sur de la Ciudad de Guatemala. Nos recibe en la sala de estar de su pequeño apartamento de dos cuartos en el semisótano de un edificio. Desde allí, una podría olvidar que está en un barrio de trabajadores al norte de Madrid, porque todo recuerda a Guatemala: las imágenes de la Virgen de Guadalupe, las tortillas de maíz frescas en la mesa del comedor y Heidi misma quien, tras 7 años de vivir en Madrid, conserva el cantadito guatemalteco cuando habla. Platica animada, como si el viaje hubiera sido una aventura, hasta que recuerda cuánto le costó establecerse. No imaginaba que sería tan difícil: le tomó más de un año encontrar un empleo.

Las mujeres de la familia de su pareja fueron su red de apoyo al llegar. Como ya eran migrantes regularizadas, es decir, tenían papeles, pudieron hacer cartas de invitación para que Heidi entrara como turista con sus hijos. Cuando llegaron, hospedaron a Heidi y a su familia en una habitación de su apartamento. “Vivíamos Patricia, su hija, mi suegra, mis niños, mi esposo y yo”, recuerda. Se mantuvieron así hasta que lograron ganar lo suficiente para independizarse dos años más tarde.

En esos años iniciales, estar lejos de casa y sin estabilidad laboral le pesaba mucho. Lloraba constantemente porque extrañaba a su familia y estaba desesperada por volver. Ahora, pese a que las dificultades no merman, recuerda sus tiempos de carencia en Guatemala y descarta la idea de volver: “Antes me quería ir, pero ahora veo a mi hijo en el instituto, a mi niña creciendo, y digo: ¿en qué momento se me va a ocurrir ahora a mi cambiarles este este tipo de vida? No vivimos como ricos, por lo menos la comida y el estudio no les falta”.



El rostro de la migración centroamericana en España

Por las mañanas, antes del amanecer, Heidi toma un autobús en una parada a la vuelta de su apartamento. Media hora y un cambio de bus más tarde, el sol empieza a asomar, iluminando imponentes y modernos edificios de vivienda con piscinas y espaciosas áreas verdes. En el horizonte se vislumbran enormes grúas afanadas en obras en construcción que se convertirán en más complejos residenciales lujosos de nombres rimbombantes: Greenspire, New Orleans, Perseus. En este barrio caro y moderno del norte de Madrid, Valdebebas, Heidi cuida niños y limpia varios días a la semana. Aunque su apartamento y el de sus jefes comparten un mismo distrito, bien podría tratarse de dos ciudades completamente distintas.

En el edificio donde trabaja conoció a Karen. Como Heidi, también llegó a España gracias a redes compuestas por otras mujeres migrantes. Karen es hondureña, tiene 38 años y, en 2017, trabajaba en San Pedro Sula como supervisora de calidad en una maquila. Una compañera en la fábrica textil le comentó que tenía una amiga en España a la que le iba muy bien y la motivó a irse. Recuerda que tomó la decisión de la noche a la mañana: “El siguiente día llegué y le dije: ‘Virginia, me voy a ir para España, de verdad”. Renunció y usó el dinero de su indemnización y un préstamo que le hizo esa misma amiga para pagar su viaje.

Dejó a su hija de nueve años en San Pedro Sula con su madre, la abuela de la niña, con planes de llevársela cuando ahorrara lo suficiente. Al llegar a Madrid, Karen viajó a Segovia, al noroeste de la capital, donde la acogió una amiga de su hermana que vivía con otras migrantes hondureñas. Una de ellas le consiguió a Karen su primer trabajo cuidando por las noches a una señora de 95 años.

Izda. 7 p.m. | Karen se dirige a la primera estación camino a casa. Dcha. 7 a.m. | Karen se reencuentra con Heidi 12 horas más tarde fuera del edificio de apartamentos donde ambas trabajan.

Las tres mujeres han seguido caminos diferentes para la regularización, todos vinculados a los trabajos de cuidados. Karen tuvo varios trabajos sin contrato cuidando a adultas mayores. En 2020 consiguió empleo en la casa de una familia. Dormía allí durante la semana y salía solo los fines de semana. A este modo de trabajo, que usualmente implica mantener una casa y cuidar a niños o a adultos mayores, se le llama trabajo “de interna”, mientras que las trabajadoras del hogar “externas” vuelven a sus casas todos los días y suelen trabajar con más de un empleador.

Esta familia le ofreció un contrato para que pudiera tramitar una residencia temporal por arraigo social. Esta residencia tiene como condición que la persona migrante haya vivido en España por un mínimo de 3 años y, entre otros documentos, que presente un contrato de trabajo de al menos 30 horas semanales. Ahora, Karen es residente temporal y podrá seguir renovando su permiso de residencia mientras tenga un trabajo con contrato.

Ana consideró solicitar protección internacional. Pero al no tener un caso concreto de persecución decidió aceptar trabajos sin contrato como externa los días de semana y como interna los fines de semana. Eventualmente, ella espera poder regularizarse como Karen, con una residencia por arraigo social.

Para Heidi fue, en comparación, más sencillo. Su cuñada Patricia se nacionalizó rápidamente gracias al Convenio de Nacionalidad entre España y Guatemala. En cadena, Patricia agilizó la nacionalización de su madre, de su hermano y de sus sobrinos. Tras año y medio, Heidi también pudo obtener la nacionalidad española a través de sus hijos.

Actualmente una iniciativa legislativa popular (ILP) por la regularización de la población migrante en situación irregular se encuentra en debate en el Congreso español. Según estimaciones de Por Causa, una de las organizaciones impulsoras de la iniciativa, entre 475 mil y 514 mil personas se encuentran en “situación administrativa irregular”. De esas, ocho de cada diez vienen de Centroamérica y Suramérica, y más de la mitad (58%) son mujeres.

El movimiento impulsor de la iniciativa argumenta que la regularización de las personas migrantes y el establecimiento de vías regulares para la migración traería importantes beneficios para el país. Como muchos otros países del norte global, España tiene una población envejecida, porque la proporción de personas adultas mayores aumenta año con año, pero los nacimientos y la proporción de población joven no.

Sin embargo, según datos del Centro Nacional de Estadística, España inició el 2021 con 61 mil personas más que el año anterior: la población creció. Pero esto no se debió a un aumento de los nacimientos por sobre las personas que fallecieron, sino a las 216 mil personas que inmigraron en 2020. Es decir que, sin las personas migrantes, la población española habría disminuido. El Gobierno español mismo propuso en su estudio España 2050: el "fomento de la inmigración legal y de la captación de talento extranjero" como un eje estratégico para contribuir al sostenimiento de su Estado de bienestar.

Heidi reconoce esto como parte de su aporte a la sociedad española: “Nosotros contribuimos a las pensiones que vienen en un futuro, porque si no hay trabajadores tampoco va a haber pensiones”. Por Causa estima que solo el 1% de las personas inmigrantes en situación irregular es mayor de 65 años, en contraste con la población española, con un quinto de la población en esta franja de edad. Calcula que la inclusión de este medio millón de personas migrantes en el mercado laboral formal podría significar 950 millones de euros anuales en impuestos para el Estado.

Heidi, Karen y Ana comenzaron sus vidas en España cuidando a personas adultas mayores. Mujeres migrantes como ellas son, en buena medida, quienes están asumiendo los cuidados de personas dependientes, es decir, que requieren apoyo para realizar tareas básicas diarias. A finales de 2021 había cerca de un millón y medio de personas dependientes en España.

El trabajo de cuidados de personas dependientes, como el que realizan Heidi, Karen y Ana, suele requerir que quienes les cuidan trabajen de manera interna, puesto que una persona dependiente puede necesitar atención día y noche.

Por un lado, aceptar un trabajo de este tipo es práctico para quienes acaban de llegar y necesitan ahorrar rápidamente —al vivir con sus empleadores, no gastan en alquilar un cuarto, por ejemplo—. Pero también las expone a condiciones más precarias que aquellas que ya se han establecido y han regularizado su situación.

En uno de sus primeros trabajos de interna, Karen debía trabajar los siete días de la semana. En lugar de darle uno o dos días libres, su empleadora le permitía descansar y salir dos horas al día. Se despertaba muy temprano y se iba a dormir a las 11 de la noche, sin contar todas las veces que interrumpía su sueño para acompañar al baño a la señora que cuidaba. Dormía muy poco y se sentía enferma, pero no podía dejar ese trabajo porque, recién llegada, no tenía otra opción.

Su situación migratoria y la presión de ahorrar y de establecerse rápido en España empuja a mujeres como Karen, Heidi y Ana a aceptar estos trabajos como recién llegadas. Pero incluso con el paso del tiempo, se mantienen en el sector del hogar y de cuidados. Y se enorgullecen de hacerlo. Karen tiene claras ambas caras de la moneda: “A los españoles no les gusta trabajar en esto. Ellos siempre buscan a extranjeros, a gente como nosotros, para que hagamos este tipo de trabajo. Pero el trabajo de uno es muy importante porque cuidamos personas”.

Este reportaje fue realizado con el apoyo de la International Women’s Media Foundation (IWMF) como parte de su iniciativa de ¡Exprésate! en América Latina.
Reportajes Lya Cuéllar y Andrea Burgos
Diseño Andrea Burgos
Video Andrea Burgos
Edición Cecibel Romero y Suchit Chávez
Desarrollo Equipo FUSALMO
© 2024 Alharaca.